
«No hay un karma individual que te persiga millones de años pero si un karma colectivo de la raza.
También hay ley de causa y efecto mientras estés en este plano de existencia, pero para los vehículos.» Rasech
La vida es el juego de lila el juego que Dios juega consigo mismo. Dios es la inteligencia divina que crea y programa cada conciencia de ser de cada individualidad de la creación y le da al ser humano una conciencia de sí mismo y de su entorno más avanzada que cualquier otra conciencia de ser de formas vivas o inertes de la creación. Si hablamos del ser humano este tiene una programación que dura el tiempo de vida que tenga programada esta conciencia para que durante su vida pueda entender, hacer consciencia de quien es en verdad como ser humano. En otras palabras podamos realizar la unión con el Ser, la iluminación.
Entendemos que somos individualidades programadas en un juego llamado vida donde cada forma de la creación, cada individualidad tiene un papel que cumplir, una programación que cumplir y no puede salirse de esta programación. Puede plantearse varios caminos para llegar a la meta, pero estos caminos también están programados y de cualquier forma llegará al punto que tiene destinado llegar. Como cualquier juego de internet todos estamos determinados por infinidad de sucesos. Nada podemos hacer para cambiar este juego sólo aceptarlo y jugarlo como se vaya presentando. Podemos sentirnos mal, nuestro ego se siente impotente, desesperado triste pero al fin comprendemos que es la liberación la libertad. No se es culpable de nada no se tiene la responsabilidad de sus actuaciones porque están determinadas por la variabilidad de sucesos que no podríamos controlar ni saber el resultado por la capacidad limitada de nuestra consciencia individual.
Al final descubrimos que no somos la persona que creíamos ser, que el cuerpo y la individualidad que creíamos verdadera desaparece con la muerte del cuerpo, con el cambio de forma de la materia y comprendemos en la Iluminación gracias al Ser mismo, que somos uno con Dios, con la conciencia absoluta que experimenta el movimiento de la materia en las formas de la naturaleza.
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